martes, 3 de octubre de 2017

El camino de la vida



Llevaban varios días observando las costumbres del lugar. Eran los responsables de portar noticias a Sequechul. Ellos eran como ocho en total, contando desde los más jóvenes hasta el cacique mayor y su hijo.
Cuando salían todos a las calles, los indígenas no lo podían creer. “Parecen animales extraños” decían los calpules. Acxicuat los calló inmediatamente: “¿Animales? ¿Solo porque son distintos les tratas de animales?” Observaban todo sin que nadie se diera cuenta. Por cultura tenían gran respeto por las cosas, era de esperar lo mismo por los hombres. “Mira esas ropas que cubren el cuerpo de un solo color. ¿Por qué se uniforman como si ser diferentes fuera malo? ¿Acaso se avergonzarán de verse desnudos? ¿Tanto miedo les dará la libertad de ser humanos?” Todos voltearon a ver a Jiutemal, el indígena más irreverente de todos ellos. “No conoces los dioses de esta raza, ni su historia para juzgarlos. ¿Por qué ahora quieres imponer tu mentalidad como si fueras superior?”, le replicó Ricab, que era el mayor de ellos.


De pronto, sin querer se acercaron a un comercio de españoles. Una venta de armas de la península. “¡Vengan por sus armas, las mejores de todo el reino!” gritaba el mercader. Al ir observando las funciones de esa tecnología no podían concebirlo: “Hemos inventado armas para defendernos de las bestias, pero parece que estos enfrentan bestias más poderosas que nosotros. Utilizan armas capaces de exterminar vidas enteras. Esas cosas podrían matar hasta su propia gente.” Dijo Acxopil, un poco asustado. “Estos tienen de enemigos a los dioses y con esas explosiones intentan matarlos”. “Creo que tiene razón”, siguió Jiutemal. “Llevan tiempo orando a aquel Dios crucificado para que no tome venganza por haberlo matado”. “¿Y nosotros por qué no les mostramos la benevolencia de los dioses del maíz y de los ríos sagrados?” Aconsejó Acxopil. “A lo mejor dejen las guerras y labren la tierra por amor a sus hijos y mujeres”. “No”, respondió Ricab. “No podemos imponernos por más convencidos que estemos de ello. Respetar al dios de un hombre es respetar al hombre delante de Dios. No podemos cambiarlos, solo comprenderlos”. “No estoy de acuerdo”, replicó Jiutemal subiendo de tono. “¿Qué dioses querrían esto? ¿Qué clase de personas actúan como estos animales? Mira, ¿o estás carente de la vista? Mientras unos están banqueteando en sus reinados otros están mendigando migajas para saciar la hambruna. Nuestros dioses nos dieron la tierra para todos, por lo tanto, quiere comida para todos. Su Dios prefiere a sus mejores vestidos de ropajes encima. Esos aman sus platas circulares como que si al tragarlas les llenara el estómago. Todavía no saben que morirían si se tragaran esos papeles”. Con la mirada fija en ellos, Ricab, prosiguió: “¿Acaso somos tan distintos? Permitimos que se pudra la comida y que nuestras mujeres no ejerzan liderazgo sobre nosotros. No negaré que los hombres de sangre azul se fascinan en sus bellos espejos, pero es porque no han visto su reflejo verdadero en los ojos de los de su raza. Se matarán con el tiempo. O lo que es peor, saldrán de aquí y llegarán a buscarnos hasta el confín del mundo para matarnos o explotarnos…” “¡Hay que evitarlo!”, interrumpió Acxcopil. “Somos más y conocemos mejor el terreno. Exterminemos a los de su raza y evitemos la desgracia de nuestra gente. ¡Exultaremos nuestros nombres a lo largo de las generaciones!” “No lo haremos”, corrigió Ricab, empezando a dar unos pasos de regreso. “Solo demostraremos que el ser humano es más bestia cuando mata que cuando se deja matar. Es mejor sufrir las injusticias que realizarlas. Quizás lloraremos por siglos, pero la nobleza del corazón indígena brillará en toda la historia más que el oro más preciado. Los dioses nos mirarán con gozo y nos recogerán en el seno de la Pachamama-Madre Tierra. Volvamos a casa, aquí no hay nada qué evitar”.

Justo cuando ya se marchaban, el niño más pequeño llamó a su padre y le dijo: “Tata, ¿si nos vamos es porque los hombres de sangre azul son superiores a nosotros o nosotros somos superiores a ellos?” Con una sonrisa, Ricab lo chineó con ternura y contestó: “Hijo mío, el camino de la vida me ha enseñado que el color de la sangre de los dioses es el mismo color de los ríos sagrados y el de los colores del maíz. La raza superior es la que se parezca más a ellos. La que vea la tierra para todos, la comida para todos y la vida de todos. La raza que pudiendo responder con violencia escoge siempre la paz, sin siquiera dejar de luchar por la justicia”. Fue así como los indígenas llegaron primero a Europa, pero nadie se enteró nunca jamás. La historia no nos quiso contar su versión.

Fr. Víctor René Treminio, ofm

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